jueves, 3 de septiembre de 2015

La Épica de un Lucentum que enamora.

En el deporte, como en un buen concierto, nunca sabes lo que te vas a presenciar con exactitud, y menos lo que vas a sentir. En muchos conciertos, o partidos, encuentras momentos irrepetibles, de sentimiento a flor de piel, de unión con el resto del público, donde abrazas al que está sentado a tu lado sin conocerlo, donde sientes que todo el mundo debería experimentar una comunión así. Ese momento intenso, de valor incalculable, es lo que sentimos todos los que asistimos al Centro de Tecnificación, para ver jugar a un equipo que ha vuelto a generar ilusión por un deporte vilipendiado por los medios, desde la prensa, pasando por los aficionados, hasta el último utillero del pabellón.
La mañana tenía aroma de partido grande, el Lucentum venía de Guadalajara como líder, cosa que comenzó siendo una anécdota y que se manifiesta como un hermosa realidad, y tenía enfrente a un poderoso equipo vasco, de los que asustan, porque sabes que no van a arredrarse frente a nada. El Zornotza llegaba a la ciudad del Postiguet con mucha fuerza, algo que se veía desde que pisaron el parqué, pero nadie esperaba asistir al espectáculo con mayúsculas que vivimos. La directiva del Lucentum había tenido el detalle de regalar la entrada a las mujeres, pues era el día del cáncer de mama. Un grupo de baile de niñas estaba calentando en un pabellón del centro para obsequiarnos en cada descanso con un baile, algo que ya olía a partido grande, como si fuera un flashback de tiempos de bonanza y de griterío de una afición por ganar y ganar. El pabellón lucía un buen ambiente, Los Kalis estaban ultimando sus pancartas y se reunían todos para empujar al equipo.
Paseando por los pasillos, casi túneles, del pabellón descubro, entre muchos pósters de eventos deportivos, uno de Bob Dylan de cuando actuó allí en julio del 2008. Sonrió con la idea de presenciar un partido en el mismo lugar donde el maestro del rock tocó “Maggie´s Farm”.
Los primeros compases nos dejan fríos, el equipo parece dormido, y una extraña sensación corre por las mentes de los asistentes. Todos animamos, y el público soberano recriminan la actuación de los árbitros, tanta es la fiereza con la que responden a los desmanes arbitrales, que parece que hayamos vuelto en un viaje hipersónico a la época ACB, además de eso, los bailes de las niñas, que ilusionadas estaban ensayando minutos antes de pitar el inicio del encuentro, nos aportan la sensación mágica de vivir basket de primera. La directiva del club sabe de la importancia de sentirnos grandes, importantes, valiosos, de, pese a militar en una liga inferior, seguir en pie y con ganas de regresar. Con lo difícil que es poder ilusionar a una afición, y más compitiendo en una categoría menor. Y para ello, en la medida de sus posibilidades, nos deleitan con un espectáculo a la altura del Lucentum.
Esperamos una reacción por parte de los de Kuko, toda la gente lleva en volandas al equipo, pero se desvanecen en el tercer cuarto, parece que una apisonadora nos ha pasado por encima, los vascos llegan a estar 17 puntos arriba, y nuestra remontada se concibe como una quimera, como un logro que los que pisan el parqué no pueden ser capaces de conquistar. El público se siente desconsolado, la directiva y los medios sabemos que el arranque fabuloso de liga que han conseguido los alicantinos, es un gran anzuelo para que la gente despierte de su letargo y acuda al pabellón, sin ese empuje los medios no prestarán tanta atención al club, la gente no se acercará, temerosos de volver a ver a un equipo desmoronarse y en el fondo todos perderemos. Es bien cierto que quizás no pensábamos en este regalo de ir los líderes nada más comenzar, pero sin duda ahora hay que aprovecharlo, quitarse los complejos y lanzarse a por la oportunidad que nos hemos ganado de reconquistar terreno perdido, y el primer paso es el terreno sentimental. Necesita el club que el Alicante vuelva a sentir al Lucentum como parte de su identidad como ciudad, y eso pasa por seguir creando esperanza e ilusión. Y todo los que estábamos llenando con nuestras almas el pabellón veíamos que eso se iba a ir al garete, pues ¿quién puede pensar en una remontada de 49-62?.
Pero la épica se impuso, y la fuerza y rabia por querer ganar ese partido, donde el público no había ni un sólo segundo parado de gritar y de empujar con palmas al equipo, fuera a transformar la energía perdida de los anteriores cuartos en fuerza indómita que arrasara, cual tsunami, el marcador adverso. Los nervios recorría mi piel, como la de todos los presentes, los chicos de la SER estaban con las manos en la cabeza, incrédulos de lo que veían en una liga como la ADECCO Plata, el público contenía el aliento, incluso los hinchas más revoltosos estaban encogidos, recordando, tal vez, gestas similares en ese mismo lugar.
Y entonces llegó Sergio Vidal que estuvo veinte minutos jugando y encestó veinte puntos, y cuando sólo quedaban diez segundo pidió el balón y se dirigió, mucho más tranquilo de lo que correspondía a un momento como ese, al aro, y desde una distancia nada recomendable para lanzar lo hizo, y lo metió. Y entonces el pabellón saltó, gritó y volvió a enamorarse del baloncesto, de la grandeza de un deporte donde nunca puedes pensar que has perdido, pues siempre se puede remontar. Al terminar Vidal y el resto del grupo se lanzaron como una manada sedienta de agua, a la grada donde los Kalis estaban animando, incluso animando cuando todo estaba en contra. La épica y el valor se habían puesto de nuestro lado, Sergio Vidal salía como un héroe, y el público aún no concebía cómo habíamos llegado hasta ahí. Estábamos delante de un partido de máxima categoría, y no lo digo por decir, sino porque solamente sueles ver ese tipo de contiendas, de raza en el parqué, cuando hay en juego la más alta competición, y sin lugar a dudas esta es la alta competición.
A mi memoria venía el partido de la final de Play-off de la temporada 09/10 donde un 2 más 1 de San Emeterio hizo que el Baskonia ganara al Barça79-80, en similares circunstancias. Y que consiguió pasar a la historia reciente de la ACB.
Y la casualidad hizo que en Madrid también sucediera algo parecido. Felipe Reyes, fantástico jugador del R. Madrid, cumplía 600 partidos, y pese a ser una fecha muy señalada, seguro que no se le pasó por la cabeza que iba a protagonizar, como Sergio Vidal, el final demencial y glorioso de la jornada. Y es que cuando quedaban 9 segundo, uno menos que en el encuentro del Lucentum, Reyes marcó en la pintura y desempató un 88-88, para dejarlo en un 90-88. Casualidades del baloncesto.
Cuando salí por la puerta volví a mirar el cartel del concierto, y quise pensar que la gente que presenció el directo de Dylan había disfrutado, aunque fuera, un 10 por cierto de lo que lo había hecho yo esa mañana.
Javier Caro.

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